Somos personajes

Ayer lo vi desde un ángulo diferente.

Fuimos a comer. Por alguna razón el lugar no me resulta importante, pero para que no quede ninguna duda, era buffet. En una ocasión, él se levantó y pude verlo de espaldas, lo que me sacó de la realidad en la que creía estar y me llevó a la suya.

Me ha pasado antes, que reconozco ser la protagonista de la historia; que veo a quien está frente a mí como parte de mi vida en determinado capítulo, pero no yo de la suya pues sé que no me voy a quedar, que no me corresponde estar ahí.

En este caso estoy del otro lado. Ver la figura de su nuca hasta sus talones me hizo entender que él es el personaje principal de la historia y que yo formo parte de estas páginas que me está concediendo.

Enfoqué mi mirada en el contorno de sus hombros. Dibujé con mis ojos la figura en su espalda y comprendí su energía. Entendí por fin por qué me ha intrigado tanto desde que alcancé a ver el color de sus ojos. Dejé resbalar mi vista por las líneas que marcaba su pantalón; líneas que sirvieron para confirmar su importancia en el relato.

Y es que él es el centro de todo. Como un sol que brilla para almas sensibles como la mía, sensibles a la belleza propia de cada esencia; almas a las que nos gusta dejarnos deslumbrar por todo lo natural. No porque seamos débiles, sino porque reconocemos el poder de lo inherente a cada ser.

Clavé tanto mi vista en él, que detuve el tiempo y acorté la distancia. Me visualicé de pie junto a él y sentí cómo voy pasando por unas cuantas líneas de su vida. ¿Cuántos renglones serán? Me sorprendí deseando que corresponda él a las líneas de la mía. Que no salga ya. Pero si así ha de ser, me regaló al menos un momento.

Estábamos comiendo, él en frente de mí. Tenía ambos brazos debajo de la mesa. Tal vez sus manos descansaban sobre sus piernas o estaban sus dedos entrelazados. No recuerdo de qué hablábamos, pero mientras yo lo hacía, recargaba mi cabeza en la pared. Al mismo tiempo que sentía el ladrillo rasposo e irregular sobre mi sien, lo observé. A cualquier tontería que yo haya dicho, él respondió con una sonrisa grácil y tierna que desconectó cuatro de mis sentidos. Olvidé el sabor de la comida, dejé de escuchar a la gente que nos rodeaba, así como el sonido constante de cubiertos y platos característico de un restaurante. Me quedé flotando sin respirar por un instante. Sólo podía verlo echar su cabeza hacia atrás con un breve movimiento de burla. Sus ojos cerrados y la piel de su rostro ligeramente pintada por la luz naranja del lugar.

El gesto pudo haber sido fugaz, y a pesar de ser el tiempo uno solo, mis ojos captaron el movimiento en cámara lenta. Y así me lo llevo para siempre. De la misma manera que me llevo para siempre el sosiego de su mirada, la dulzura de sus manos, la calidez de sus palabras y lo encantador de su alma.

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Publicado en: Blog

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